Paciente de Cancer

Doña Mercedes Rubí a la izq. y Emmy Meléndez a la derecha

Por:  Emmy Melèndez

Para el 1982 fui diagnosticada con cáncer de la mama. Sufrí una mastectomía y a finales de ese año se me extirpó un tumor canceroso del colon; tuve dos encuentros con el cáncer en un mismo año, de momento mi mundo comenzó a desmoronarse.  Perdí mi negocio (soy cosmetóloga) perdí mi casa,  todo para poder costear mis operaciones, de momento encontré que mi mundo comenzó a desmoronarse.  Viví durante muchos años en Trujillo Alto en la Urb. Caney, donde poseía una hermosa casa de esquina, allí vivía con mis hijos, Héctor Armando, Lourdes y Zulemy,  y compartía con buenos amigos y familiares, mi vida estaba en control, "hasta" que el cáncer hizo la diferencia… De pronto, tras la ultima operación y sin prácticamente ahorros, me  encontré viviendo en Guaynabo, un pueblo que apenas conocía. 

Sentí coraje y caí inmersa en la depresión y la amargura, la tristeza se convirtió en mi constante  compañera, en un intricado camino que debía recorrer sola, hasta que pude vislumbrar un rayo de luz y de esperanza. 

Me uní al grupo de Madrinas de Pacientes con Cáncer presidido por la Sra. Eugenia Josefina Santiago y allí conocí a una madrina muy especial:  La Sra. Mercedes Rubí.  Unirme a aquel nido para avecillas con las alas mojadas, como así lo llamé,   fue una experiencia de amor y de esperanza; no sólo nos integramos a un círculo de oración donde encontramos consuelo en la aflicción, Doña Mercedes nos traía una palabra de aliento, refrigerio al alma y esperanza en el desaliento.  Podíamos abrazar nuestro dolor   a la vez que abrazábamos el dolor de nuestras compañeras.

Celebramos cumpleaños y sobre todo el amor a la vida.  La  Navidad era un gran  evento, degustábamos un suculento almuerzo navideño, intercambio de regalos; las aves batíamos las alas de la esperanza, estas alas mojadas por el llanto que llevamos por dentro, ahora en una visión esperanzadora  nos devolvía el gozo de estar vivas.

Han pasado tantos años, cada cual  cogió su rumbo, he tenido que sobrevolar las tormentas existenciales de mi vida, pero gracias a aquel nido para alas mojadas pudimos encarar el dolor que provoca  esta enfermedad  que  nos puede robar la alegría de vivir, podemos superarla; el Señor se encarga  de secar  nuestras alas, nos toma en sus manos, nos acurruca en su pecho y nos devuelve la esperanza…  con fe y determinación  podemos lograrlo.