CUANDO EL DOLOR TOMA SENTIDO

 

Casi siempre que me inspiro a escribir algo prefiero hacerlo desde mi propia perspectiva. ¿Quién mejor que aquella persona que ha tenido una experiencia en carne propia para poder verterla en todo su contenido humano?  No quiere decir  que no aprendo de otras experiencias,  y  no sólo aprendo, sino que puedo situarme en el lugar de la otra persona  si esa experiencia es análoga a la mía.  O si no, pienso que el dolor siempre duele, aunque las circunstancias sean un tanto diferentes.

 

Esto me sucedió cuando supe  que iba a ser madre por primera vez. Mis relación matrimonial no era muy alentadora, pero mi anhelo de ser madre hacia que mi cielo gris se cuajara de brillantes estrellas.  Nunca me sentí más importante en mi vida que en el momento aquel en que supe que iba ser mamá por primera vez. 

 

Me inspiré entonces a escribirle una carta a mi hijo por nacer, aquí un trozo de aquella carta:

 

“  ¡ Hijo, ya vienes pronto y con cuantas ansias te espero ! Cada día que pasa te pienso y mi corazón de madre me dice que serás muy bello, ¡ un pequeño angelito ! Sé que en mi vida triste, mucho he sufrido, tú serás como un bálsamo que curarás mis penas, pues he de sentirme tan llena de tu amor que una felicidad inmensa inundará mi corazón.”

 

Me imagino que al igual que yo muchas madres en esa dulce expectación también le escriben  cartas a su hijo por nacer.

 

Llegó el día tan esperado y después de un parto muy difícil, nació mi hijo.  No podía creer que aquel pedacito de carne sonrosada fuera mi hijo.  No recuerdo haber vivido una experiencia como esa.  ¡ Mi sueño se había  hecho realidad !  Podía verlo, tocarlo.  Me sentía   muy importante y sobre todo, feliz.

 

Pasaron varios meses en los que me ensimismé amorosamente cuidando de aquel pequeño tesoro que Dios me había regalado.  Pero algo me decía en  mi corazón que no todo andaba muy bien. Yo había notado una hematoma en la cabecita de mi bebé, que el doctor me había dicho que desaparecería poco a poco, por lo cual no le di mucha importancia.  Nunca imaginé que mi  hijo pequeño había recibido un daño cerebral   de tal magnitud que lo dejaría convertido en un vegetal  para toda la vida. 

 

Seguí cuidando a mi hijo con todo el amor que mi corazón de madre podía ofrecerle, pero aquel amor estaba inundado con lágrimas de dolor. 

 

Nacieron otros hijos, todos normales, Gracias al Padre.  Mi matrimonio se tambaleó y mi barca se encalló  en   los arrecifes de la vida.

 

Mis padres, que aún vivían, me ayudaron a cuidar a David, que es así como se llama mi hijo.  Traté de abrirme paso en mi vida buscando soluciones, que no siempre eran las mejores, Y la madeja parecía enredarse más y cada vez más.  Yo trataba de escapar, en muchas formas, pero siempre terminaba en el mismo lugar.

 

 

Trataba de aceptar con amargura algo que  me hacía difícil entender, sin culpar a Dios ni al médico que atendió mi parto. ¡ Pero que difícil se me hacía  entonces!

 

Intenté llevar a David a una institución  en los Estados Unidos pero mi padre se opuso tenazmente y conseguir un lugar adecuado para él  aquí en Puerto Rico  fue algo que nunca pude lograr.  Allí estaba él, confinado  a una cama eternamente.  Su vida era algo así como un paréntesis, un bebé atrapado en el cuerpo de un hombre.

 

Pasaron los años, mis  padres  faltaron, tuve un encuentro con el cáncer.  Y mi mayor angustia era pensar ¿qué pasaría con David?  Desgraciadamente seres como él pasan desapercibidos, aún para su propia familia.

 

Pero algo sucedió en mi vida que echo mi barca a caminar de nuevo.  Aún cuando mi barca se viese azotada por la tormenta, me sentía segura, protegida. Había recibido el toque de Dios y cuando Él toca, todo  cambia.  Ahora Él era mi timonel y mi guía, puse toda mi carga en Sus Manos y pude descansar en paz.   Si Él era el dador de la vida,   David le pertenecía. 

 

 

Yo sólo  era el  canal  que  Él   usó  para  traerlo  al  mundo.   David era una  encomienda muy especial que  Dios   había   puesto  en mis manos.

 

Yo sólo tenía que amarlo y cuidarlo.  Dios se encargaría del resto.

 

Cuando Dios toma control,  aún el dolor toma sentido.  A veces veo el dolor de una madre cuyo hijo  ha extraviado el camino y ha caído preso de las drogas, la desobediencia, la rebelión.  Pero no me cabe duda alguna de que el amor de madre tiene un toque divino de Dios, que la hace diferente.  Un corazón de madre es un corazón perdonador, capaz de los más grandes sacrificios.

 

He comprendido que tener un hijo como David es una verdadero privilegio, una encomienda  que Dios puso en mis manos para que lo amara y cuidara, un santo inocente. 

 

Él no puede hablarme, pero cuando me  mira con  sus grandes ojos puedo perderme en  lo profundo de ellos.  Él  sigue siendo  mi  bebé grande y puedo  adivinar en su mirada que me dice con amor     “Gracias Mamá”.

 

 

Cuando Dios toma control, aún el dolor toma sentido.  A veces veo el dolor de una madre cuyo hijo  ha extraviado el camino y ha caído preso de las drogas, la desobediencia, la rebelión.  Pero no me cabe duda alguna de que el amor de madre tiene un toque divino de Dios, que la hace diferente.  Un corazón de madre es un corazón perdonador, capaz de los más grandes sacrificios. ”

 

 

Nota:  Este artículo fue publicado en el Periódico

El Mundo , el domingo, 12 de mayo de 1985. 

Fue una colaboración de la Sra. Emmy Meléndez